(pegatina)
Crueles caprichos que asaetean con indulgente sarcasmo los estrechos límites de los sentidos desconociéndonos por completo. Cómicas enajenaciones, en su rectitud adúlteras, de un prosaico desprecio de mi infeliz locura; fugaz capricho que, negociando tormentos de misteriosos secretos, se acrecen cual cristales cuajados de frío turbando el sosiego de mi nada y que se lloran suprimiéndose para dejándo de ser lo que es, ser. Larga noche de ensueños contenida en la realidad, ajenos a la mirada insoslayable de algún matarife pronto a desvanecer alguna ilusión y novedad inventada. Sueños semejantes que nos hacen únicos y diferentes provocando paradójicas inhibiciones en el presente fugado.
Pero, no es la adaptación al medio lo que nos hace diferentes al resto de la creación, sino la plasticidad que posee el corazón para adapatarse a los diferentes sentimientos que le envuelven lo que nos convierte en seres humanos.
No son un repertorio de instintos lo que nos mueven, si bien éstos mecen nuestra alma en un vaivén de ilusiones cuando la esperanza decae, sino que son un cúmulo de experiencias dispares en busca de una protección, de un acomodo lo que ilumina nuestros mundos.
Es una interacción que, actuando, transforma dentro de esa limitada expansión que es nuestro yo, luchando por la propia supervivencia del alma.
Es una simbiosis de sentimientos dispares los que constituyen esa trama de nuestro yo, ese yo, que vestido de ideales sin compromisos, haciendo mutis, víctima de engaños nos abandona.